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Nacido de padre catalán, el primero de la familia, y de madre andaluza, tuve la gran fortuna de conocer dos culturas totalmente diferentes desde mi primer día de vida. Él, mi padre, fue a su modo un gran aventurero. Me enseñó una de las mejores lecciones que se pueda recibir en la vida, haz lo que quieras y respeta siempre las decisiones de los demás. Él lo decía de esta forma, “cada uno en su casa que haga lo que quiera, siempre que no moleste y haga daño. De igual manera yo, en la mía, hago lo que me da la gana”, y esa lectura apartada del qué dirán que tanto parece afectar a mucha gente, me ha servido para desarrollarme siempre sin tener en cuenta que podían pensar los demás.
Mi madre, una andaluza elegante y coqueta, de pelo negro que disimulaba con un tinte rubio a lo Marilyn, falleció en el año 1994. De ella creo que aprendí a disfrutar de la vida, a comprender que no vale la pena dejar nunca el postre para el día siguiente y a devorarlo mientras todavía estuviera en la mesa. De su muerte arrastro una gran pena y una necesidad de comunicarme con ella que se hace, por imposible, pesada y resignada, pero sobre todo heredé la certeza de que no somos infinitos, sino débiles, frágiles y de una duración mengua, por lo menos en el estado que ocupamos ahora.
Recuerdo haber leído desde siempre. Mis padres tuvieron el acierto de apuntarme a una guardería en que los niños de cuatro años éramos “obligados cruelmente” a leer y escribir, por eso desde la primera pista de mi disco duro recuerdo haber leído. De niño Fantomette y los Cinco, tebeos, y cosas por estilo (incluso revistas de “niñas” que sustraía a hurtadillas de la habitación de mi hermana), hasta llegar a la pre-adolescencia con las lecturas de los Tres Investigadores de Alfred Hitchcock. Nunca me gustaron las novelas de terror, y mi adolescencia la cuajé entre obras tan variopintas como La Cantante Calva, o los versos de Machado.
Supongo que en parte fue por mi afición, pero otra muy grande fue sin duda por la influencia de varios profesores de literatura. ¡Cuán importante es esa figura en la adolescencia! Mi desgracia es que no recuerdo sus nombres, sólo el de uno de ellos. Se llama Jordi (supongo que todavía andará entre nosotros), y otro, un sevillano al que le estaré toda la vida agradecido por haberme abierto el mundo a Neruda, Hernández, Llosa y García Lorca, pero sobre todo, a Gabriel García Márquez, el mejor fabulista que ha escrito en español, por lo menos uno de los mejores de los últimos siglos.
La influencia de Cien Años de Soledad no es patente en mi obra, porque carezco del talento incluso para hacer notar algo así, pero sí está patente siempre en el acercamiento a todo lo que leo. Es como si comparara un plato exquisito que comí alguna vez con cada bocado que me cae al coleto, algo así, sin por ello dejar de disfrutar de lo que leo. Quizá lo haga para catalogar las obras según se asemejen más o menos a la estructura increíble de Márquez.
Veinte años de mi vida, desde los diecisiete, para ser exactos, hasta los treinta y siete, pagué mi hipoteca con el trabajo de contable en una sociedad familiar, que dejó de serlo justo cuando su crecimiento económico coincidió el mío personal. A veces miro atrás y me pregunto quién era ese que trabajó tantos años tras esos muros. No hay arrepentimiento, sino sorpresa.
Después de mi segundo divorcio, con poco más de treinta años sufrí lo que muchos llamarían la crisis de los cuarenta, y que yo viví con diez años de antelación. Mi vida se fragmentó entonces como el mosaico de un demente. Sin embargo ese momento dio paso al más intenso de mi vida porque tuve la fortuna de conocer a un grupo de gente magnífica, con la que comencé a viajar por el mundo y que me hicieron ver la vida mejor incluso de cómo la recordaba. Conocí entonces a mi actual esposa e inicié en serio mi carrera como escritor.
Tras dos años de conocimiento interno y profundo sobre mí mismo, terminé la Virgen del Sol.
Poco después de terminar la novela y enviarla a mi queridísima agente, Sandra Bruna, que se ha comportado siempre de una forma maravillosa conmigo, decidimos sumergirnos en una nueva aventura. Fuimos padres de acogida de un bebé recién nacido, al que tuvimos la fortuna de cuidar durante un año y entregarlo a sus padres actuales. La cicatriz todavía nos sangra en el alma, pero los puntos de satisfacción la cerraron con fuerza.
Para un escritor novel es muy difícil pagar la hipoteca con una sola obra recién sacada a juicio del mercado, y del lector, así que hace un tiempo acepté encantado un trabajo de directivo en una importante empresa turística que opera en la República Dominicana. Aquí vivo con mi esposa desde entonces y desde aquí añoro cada día a mis amigos y disfruto de la belleza y calidez de este país.
También desde los treinta y muchos grados de temperatura ando tras lo que debería ser mi segunda novela, pero eso lo dejaremos para más adelante …
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